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Un corazón marcado por la excelencia de Dios

“Se dice que el hombre persigue la imagen de Dios, no en lo que respecta a su cuerpo,                      sino en cuanto supera a otros animales…por su razón e inteligencia».

St. Tomás

Muy contenta de compartir un nuevo artículo de la serie sobre la «Excelencia de Dios». ¡Disfrútenlo!

Habiendo comprendido que la marca de la excelencia de Dios es Su imagen impregnada en el alma del ser humano; y más aún, habiendo comprendido que Jesús es la imagen viva, la reproducción exacta del Dios Padre Creador; está claro que se ha trazado el camino preciso para dilucidar como el corazón de Dios se refleja en el corazón del ser humano.

Consideremos aquí el razonamiento de Santo Tomás, que reza así:

“Se dice que el hombre persigue la imagen de Dios, no en lo que respecta a su cuerpo, sino en cuanto supera a otros animales. Por lo tanto, cuando se dice: ´Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza´, se agrega, ´y que tenga dominio sobre los peces del mar…´ (Génesis 1:26). Ahora bien, el hombre supera a todos los animales por su razón e inteligencia; por lo tanto, según su inteligencia y razón, que son incorpóreas, se dice que el hombre está de acuerdo con la imagen de Dios”. (Piper, Desiring God 1971)

John Piper, en su estudio “The Image of God” [La imagen de Dios], comparte en esta línea el siguiente sustento:

“Los primeros padres de la Iglesia estaban bastante de acuerdo en que la imagen de Dios en el hombre consistía principalmente en las características racionales y morales del hombre, y en su capacidad de santidad”. (Piper, Desiring God 1971)

Así, Dios ha depositado en el corazón del ser humano una parte de Su ser, estableciendo una gran diferencia entre la creación del hombre y la mujer; y los demás seres creados, tal es el caso de los animales, quienes no llevan en sí la imagen del Dios Trino Creador.  

De acuerdo con el análisis de David Casas y Russell Fuller, en su artículo “God´s Image – The Difference Maker” [La imagen de Dios: El Creador de la Diferencia], al examinar en qué se parece el hombre a Dios, se excluye por supuesto el cuerpo físico ya que Dios es Espíritu (Juan 4:24). Y, por otro lado, se excluyen las limitaciones de la criatura ya que Dios es infinito, eterno e inmutable en todos sus atributos (Salmo 90:2; Malaquías 3:6; Jeremías 23:24). El hombre en cambio se parece a Dios al tener un espíritu libre, racional y personal, que incluye, dicen los autores, una conciencia con la ley de Dios escrita en su corazón; por lo tanto, el hombre puede gobernar sobre la naturaleza de una manera similar a como Dios reina.[1] Citemos aquí Romanos 2 para sustentar esta verdad:

“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi Evangelio”. (Romanos 2:14-16)

Por lo tanto, el corazón del ser humano no sólo que está marcado por la imagen de Dios, sino que la ley misma de Dios ha sido escrita en él.  Y esto, sin excepción alguna, todos los seres humanos, hombres y mujeres, niños y niñas, sanos y enfermos, sin distinción socioeconómica. Absolutamente todos somos portadores de la imagen de Dios; y, todos llevamos en nuestro corazón escrita la ley de Dios. De igual forma tanto para creyentes como para incrédulos. ¡Toda la creación humana, sin excepción!

El hecho de que el ser humano se asemeje a Dios, que su corazón tenga la marca de excelencia de Dios, tiene al menos tres profundas implicaciones.

  1. La imagen de Dios establece la dignidad humana

De acuerdo con el estudio de Casas y Fuller, las siguientes son dichas implicaciones[2], que las detallaremos una por una.

Aquí cabe exponer el pensamiento ateísta y el panteísta. Según los autores citados, al negar la imagen de Dios, el ateísmo disminuye la dignidad humana y reduce al hombre a un evento fortuito o casual, como si fuese un producto evolutivo de la materia, o un simple animal. El panteísmo, en cambio, niega la imagen de Dios y disminuye por el contrario la dignidad humana al exaltar toda la naturaleza como una manifestación de Dios.

Las Escrituras, sin embargo, testifican acerca de la dignidad del hombre. Al ser éste creado a la imagen y semejanza de Dios, lo posiciona por sobre toda la naturaleza. Para el efecto, citemos dos pasajes muy apropiados:

“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies…” (Salmo 8:5-6)

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26)

2. La imagen de Dios establece la santidad de la vida

Los autores señalan que las culturas ateas rechazan la santidad de la vida en tanto se devalúa la vida de los nacidos y no nacidos como política de estado. No obstante, la Palabra de Dios protege la santidad de la vida en sus leyes. Y con respecto a este tema, anteriormente (en artículos previos) se ha discutido suficientemente lo expuesto en Génesis 9:6. Dios decreta que, si alguien comete asesinato, el asesino debe igualmente perder su vida, porque el hombre es hecho a la imagen de Dios. Los autores aquí enfatizan que el crimen es realmente un asalto directo en contra de Dios. De hecho, en una situación, así como la expuesta en Génesis 9:6, Dios buscará personalmente al asesino y lo tendrá como responsable.

En esta línea, es interesante como John Calvin observó que debido a que el hombre es el portador de la imagen de Dios, Dios se considera a sí mismo «violado en su persona”, se considera en otras palabras como “la víctima”. Por lo tanto, dice, no se puede dañar a otro ser humano sin herir a Dios mismo.

Los autores concluyen que Dios creó la vida del hombre sagrada. De destruirse esta vida, no hay otro camino más que el juicio divino.

3. La imagen de Dios establece la necesidad para la redención de Dios

De no tener el hombre la imagen de Dios en su ser, en su corazón, el plan de redención simplemente no existiría. Cabe clarificar, que lo expuesto no implica que poseer la imagen de Dios da derecho a los pecadores a la redención, pero la redención requiere que los pecadores hayan sido creados a Su imagen.

Es tremendamente interesante como Casas y Fuller exploran este tema. Y dicen que el propósito de Dios para enviar a Su Hijo a semejanza del hombre era renovar la imagen de Dios en la humanidad a través del Evangelio. Examinemos Efesios 4:

“y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. (Efesios 4:24)

De hecho, los cristianos han sido conocidos y predestinados para conformarse a la imagen de su Hijo, de acuerdo con Romanos 8:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”.  (Romanos 8:29).

Así, el evangelio, una vez recibido, renueva la imagen que fue estropeada tanto por el pecado de Adán como por nuestro propio pecado para que el creyente pueda «llevar la imagen de lo celestial»:

“Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante…Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial”. (1 Corintios 15:45,49)

Debido a que Dios nos creó a Su imagen, siendo así coronados con gloria y honor, y debido a Su gracia infinita hacia nosotros los pecadores que no lo merecemos, Dios envió a Su Hijo para redimirnos.

Como seres humanos, somos tremendamente privilegiados porque nuestro corazón ha sido marcado con la imagen misma del Dios invisible. Nos ha otorgado dignidad y santidad. Ha infundido valor en nosotros, sin importar nuestra condición.

Y no sólo ello, sino que en medio de nuestra condición de pecado, condición que nos separa y quebranta la comunión con nuestro Creador; y que incluso por causa de ésta, somos juzgados, señalados o desechados por nuestro entorno; es asombroso conocer que Él mismo ha preparado el camino para nuestra redención y restauración. Jesucristo, la imagen del Dios invisible, es tal camino. Y aquí cabe citar 2 Corintios:

 “Pero si nuestro Evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. (2 Corintios 4:3-4)

Así, por todo lo expuesto, está claro que Jesús es la imagen y la plenitud de Dios; por lo tanto, los seres humanos reestablecen la imagen de Dios en su corazón, en su ser; en tanto Cristo viene a ser el centro mismo de sus vidas.

La excelencia del corazón de Dios fue definitivamente impregnada en nuestro corazón, ahora somos nosotros quienes debemos expandir el corazón de Dios donde quiera que vayamos”.[3]


[1] David Casas and Russell Fuller, “God´s Image – The Difference Maker,” Answers in Genesis, https://answersingenesis.org/are-humans-animals/gods-image-difference-maker/

[2] David Casas and Russell Fuller, “God´s Image – The Difference Maker,” Answers in Genesis, https://answersingenesis.org/are-humans-animals/gods-image-difference-maker/

[3] Cecilia Yépez, “La Excelencia comienza en el corazón – Parte 2”, Blog “Hacia la Excelencia”, https://hacialaexcelencia.org/2017/04/10/la-excelencia-comienza-en-el-corazon-part-2/

¡Extraordinaria inteligencia!

¡Un corazón lleno de Dios provocará el desarrollo de una mente sana, de una extraordinaria inteligencia creada originalmente para hacer el bien y no el mal; para construir y no para destruir!

 

En este último siglo la humanidad ha experimentado el despliegue más amplio de desarrollo. Desarrollo en tecnología, desarrollo en la medicina, desarrollo en la industria en general, desarrollo en la conquista

El futuro de la medicina – Epcot Center

del espacio. Pero, lamentablemente, también «desarrollo» en las diferentes esferas de la maldad.

Hace poco vi un video a través del cual se demostraba que con un pequeño dispositivo que se colocaba ligeramente cerca de la cartera de una dama, era posible robarle la información de su tarjeta de crédito; consecuentemente, poco después el sustractor podía realizar las compras que quisiera y cargar el costo respectivo a la tarjeta de la víctima.

Ciertamente la tecnología ha avanzado a pasos más que agigantados; ya casi no podemos seguirle la pista. Estamos saturados de redes y sistemas de mensajería: Facebook, MySpace, Twitter, Instagram, Whatsapp, Messenger, por sólo nombrar los más conocidos en el mercado.  En verdad, todas estas grandes e ingeniosas herramientas nos han facilitado la comunicación y  mágicamente han acortado las distancias geográficas; dramáticamente han reducido los costos de comunicación entre los seres queridos separados por diversas circunstancias; y desde luego, también han reducido los costos en las comunicaciones de negocios.

¡Sorprendente! ¡Sí, en verdad, sorprendente! Pero quizá para nuestros adolescentes y en sí para la generación de jóvenes del planeta, esto pasa casi desapercibido. Para ellos es normal contar el favor del internet y el acceso al mundo a través de la redes. No se han detenido a pensar en las grandes ventajas con las que cuentan en la actualidad; y mucho menos, en las grandes desventajas que también existen.

Así es, “ventajas” y muchas. Con sólo un clic tengo la información del mundo en mis manos. Con sólo un clic puedo hacer una llamada gratuita a un amigo que está al otro lado del planeta. Con sólo un clic puedo investigar la tarea escolar para el día siguiente. Con sólo un clic puedo escuchar buena música que alegre mi alma. Sí “ventajas” que simplemente demuestran lo extraordinario del cerebro humano, la extraordinaria inteligencia del ser humano plasmada en estas grandes invenciones para beneficio de la sociedad en general.

Pero desafortunadamente, esta extraordinaria inteligencia también ha sido usada para la maldad. Tomando sólo ejemplo de la tecnología, sabemos que es así. Así como el internet pudo ser creado para beneficiar en mil y un maneras a la sociedad; así también este gran invento, hoy por hoy, es también un arma de doble filo, con la cual muchos son heridos gravemente y difícilmente se recuperan.
Una gran parte del internet se ha convertido en el basurero y en la podredumbre del cyber espacio. Permítanme citar sólo un par de ejemplos que verdaderamente producen asco, repugnancia y aún terror:

«En el 2006, 89% de un estimado de 270 millones de páginas Web existentes a nivel mundial con contenido pornográfico fueron producidas en los Estados Unidos». [The Judges´Journal, 2013]

«Tres hombres fueron arrestados en Suecia como sospechosos de violar una mujer, cuyo acto fue transmitido en vivo a través de Facebook, reportó la Policía». [The Guardian, January 2017]

Y podría citar no miles, sino millones de ejemplos que además de producir repugnancia, producen también un profundo dolor en el corazón. ¿Cuántos niños son objeto de abusos? ¿Cuántas adolescentes en la flor de la vida son víctimas de tráfico humano? ¿Cuántas jóvenes han perdido su vida en las manos de psicópatas? ¿Cuántas personas han sido estafadas en sus cuentas bancarias o tarjetas de crédito? ¿Cuántos muchachos han caído en el “negocio” del sicariato?  ¿Cuántos y cuántas han sido violentados en éstas y otras terroríficas formas a través de las redes sociales?

¿Cómo está utilizando su extraordinaria inteligencia?  ¿Cómo está desarrollando el maravilloso cerebro que Dios le ha otorgado como ser humano?  ¿Cómo está su corazón?

La Palabra de Dios dice en Jeremías 17:9-10  “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo el Señor, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”.

Permítame invitarle a abrir ahora mismo su corazón al Señor de señores, a Jesucristo, y deje que Él pruebe su corazón. Confiese sinceramente su pecado delante del Señor Jesucristo y tenga por seguro que el Señor le perdonará y con certeza experimentará paz como nunca antes en su vida.

¡Un corazón lleno de Dios provocará el desarrollo de una mente sana, de una extraordinaria inteligencia creada originalmente para hacer el bien y no el mal; para construir y no para destruir!

 

¿Qué contamina la excelencia del corazón?

«La belleza del corazón humano, originalmente impregnada por nuestro Dios Creador se ve abruptamente atacada por el pecado del propio ser humano».

 

En los artículos anteriores he enfatizado que la excelencia comienza en el corazón de Dios y nuestro Creador definitivamente ha impregnado la excelencia de Su corazón en nuestro corazón.

Sin embargo y tristemente, el corazón del ser humano no siempre está alineado con el corazón de Dios. ¿Por qué? La respuesta es simple pero de gran profundidad…por causa del pecado.

En uno de los artículos que publiqué hace poco, “La excelencia comienza en el corazón – Parte 1”, compartía brevemente sobre una de mis experiencias de viajar en submarino en Hawái. Y sí, al viajar al fondo del mar es indiscutible encontrarse con la encantadora creación de Dios. Colorida vegetación y una gama diversa y extraordinaria de especies marinas que te dejan sin aliento al evidenciar que hay en verdad un mundo submarino exótico, de belleza salvaje y de infinidad de secretos, no todos descubiertos, ni del todo contados.

Las profundidades del mar se asemejan a las profundidades del corazón humano. Mucha belleza aunque algunas veces estropeada e incluso destruida.

Carthaginian II – Lahaina, Maui

Mientras mis ojos se deleitaban con la hermosura de las especies submarinas, toda imagen colorida y vivaz repentinamente cesó cuando en frente veía las ruinas de una embarcación oxidada y destruida. Una imagen que con certeza produjo otras imágenes en mi cerebro, imágenes de destrucción y consecuentemente de pérdida, de dolor e inclusive de muerte.

¿Alguna similitud con las profundidades del corazón humano? Pues si somos francos y viajamos hacia el fondo de nuestro corazón, observaremos que no sólo encontramos belleza: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5:22-23).

Tristemente encontramos también: malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias (Mateo 15:19).

La belleza del corazón humano, originalmente impregnada por nuestro Dios Creador se ve abruptamente atacada por el pecado del propio ser humano.

Y el pecado es simplemente la desobediencia del hombre a las leyes establecidas en el manual de vida que Dios nos ha dado a través de Su Palabra -la Biblia.

Y muchos quizá pueden decir y de hecho me han dicho: “yo no peco, no le hago mal a nadie…yo vivo mi vida lo mejor que puedo…procuro hacer el bien…”.

Pero permítanme invitarles a que en la soledad de su habitación hagan un viaje honesto a las profundidades de su corazón y miren si no encuentran algunos elementos que han contribuido a la contaminación de su corazón: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas (Gálatas 5:20-21).

La Palabra de Dios, nuestro manual de vida nos dice: que Dios es veraz, y todo hombre mentiroso (Romanos 3:4). Así que si somos verdaderamente honestos, todos absolutamente todos hemos caído al menos en alguno de estos pecados; consecuentemente, hemos quebrantado la ley del manual de vida de nuestro Creador.

Y si somos francos, al quebrantar Su ley, nuestro corazón no experimenta paz, nuestro corazón pecaminoso no descansa hasta que encuentre perdón y sanidad de parte de Su Creador.

Muchas especies marinas han estado en peligro de extinción por causa de las diversas contaminaciones que han sufrido: petróleo, combustibles fósiles, basura, entre otros.

Si recordamos la explosión de la plataforma petrolera Deepwater Horizon en el 2010, en el corazón del Golfo de México, “el área del derrame de petróleo atravesó los rangos y los hábitats de más de 8.000 especies, incluyendo aves, peces, moluscos, crustáceos, tortugas marinas y mamíferos marinos (…) los camarones se encontraron sin ojos, los cangrejos sin pinzas, y los peces con lesiones y tumores a través de sus cuerpos”. [1]

Así mismo, el corazón del ser humano está en peligro de muerte y de muerte eterna si no se vuelve a Su Creador, a Cristo Jesús, el Dador de la vida, de la vida eterna. Él mismo lo dijo, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6).

Ciertamente, en el fondo del mar hay belleza, pero ésta está en peligro de ser contaminada. La responsabilidad de cuidarlo y de preservar las maravillosas especies marinas es indiscutiblemente nuestra, de los seres humanos.

Y en el fondo de nuestro corazón se halla excelencia; sin embargo, ésta está en riesgo de ser contaminada por el pecado. Es responsabilidad nuestra el buscar la solución para preservarlo puro y sano, libre de la esclavitud del pecado.

La solución es indiscutiblemente Jesucristo. Y en Su Palabra claramente lo afirma, “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

¿Cómo está hoy su corazón? Le invito a que se embarque en un viaje hacia las profundidades de su ser y clame a Su creador, a Jesucristo, para que venga en su rescate, sane y restaure su corazón, porque de él [del corazón] mana la vida.

Fuente:

[1]  http://www.oceanfutures.org/news/blog/Derrame-de-petroleo-del-Deepwater-Horizon-5-anos-de-secuelas